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Perspectivas Sociales y del Empleo en el Mundo.


La recuperación económica se ha ralentizado…

El entorno macroeconómico se deterioró considerablemente en 2023.


En respuesta a las continuas tensiones geopolíticas y a la persistente inflación, los bancos centrales adoptaron una sucesión de medidas agresivas. Las autoridades monetarias de las economías avanzadas y emergentes aplicaron la subida más rápida de tipos de interés desde la década de 1980, con importantes repercusiones mundiales.


En ese contexto, la actividad industrial, la inversión y el comercio mundiales se resintieron por la fuerte desaceleración de las grandes economías emergentes como China, Türkiye y el Brasil. El crecimiento de las economías avanzadas se redujo casi a la mitad. Ante la fuerte y persistente desviación respecto de los objetivos inflacionistas, los bancos centrales tenderán a mantener una orientación restrictiva de las condiciones monetarias, al menos hasta finales de 2024. En definitiva, la recuperación económica y social tras la pandemia sigue siendo incompleta y las nuevas vulnerabilidades frenan el progreso de la justicia social.


Mientras que el crecimiento del empleo dió muestras de resiliencia y la tasa de desempleo alcanzó niveles mínimos…


A pesar de la ralentización económica, el crecimiento mundial en 2023 fue ligeramente superior a lo previsto y los mercados de trabajo mostraron una sorprendente resiliencia. Gracias al intenso crecimiento del empleo, tanto la tasa de desempleo como el déficit de empleo han descendido por debajo de los valores anteriores a la pandemia.


La tasa de desempleo mundial en 2023 fue del 5,1%, tras un modesto repunte respecto de 2022.

El déficit mundial de empleo también mejoró en 2023, pero se mantuvo en un nivel elevado (cerca de 435 millones de personas con una necesidad insatisfecha de empleo). Además, en 2023, las tasas de actividad se habían recuperado en gran medida de los mínimos alcanzados durante la pandemia, especialmente en los países de ingresos medianos bajos y altos, aunque con grandes diferencias entre segmentos, lo que ha contribuido a los desequilibrios del mercado de trabajo, sobre todo en las economías avanzadas.


El promedio de horas, todavía inferior a los niveles prepandémicos de 2019, limita la oferta mundial de insumos laborales disponibles y desequilibra el mercado de trabajo, especialmente en sectores clave de las economías avanzadas y de algunas emergentes. A pesar de que los desequilibrios se redujeron algo en 2023, crece la preocupación por la posibilidad de que no sean cíclicos, sino estructurales.

Los salarios reales disminuyeron y la pobreza laboral tocó fondo.

Pese a la reducción del desempleo y al crecimiento positivo del empleo, los salarios reales disminuyeron en la mayoría de los países del G20, porque los aumentos salariales no lograron contrarrestar el aumento de la inflación.


En 2023, el número de trabajadores que vivía en una situación de pobreza extrema en el mundo, es decir, con ingresos inferiores a 2,15 dólares al día por persona en paridad de poder adquisitivo (PPA), aumentó en casi un millón.

Se observa un patrón aún mayor respecto de la pobreza laboral moderada, que se define como un nivel de ingresos del trabajo inferior a 3,65 dólares diarios por persona en PPA. El número de trabajadores en situación de pobreza moderada aumentó en 8,4 millones en 2023; solo descendió la pobreza moderada en los países de ingresos medianos altos.


Como aspecto positivo cabe destacar que las tasas de informalidad han recuperado los niveles anteriores a la pandemia, aunque se alcanzó la cifra de 2000 millones de trabajadores informales debido al crecimiento de la fuerza de trabajo mundial.

Las condiciones financieras comenzaron a deteriorarse, agravando la situación de fragilidad.

Bajo las tendencias benignas de las cifras de empleo, ha empezado a aflorar una fragilidad que probablemente afecte primero a los países inmersos en una situación precaria desde antes de la pandemia.


A medida que se endurecen las condiciones financieras mundiales, los países en desarrollo con altos niveles de endeudamiento se exponen a un riesgo de rápida desestabilización económica que perturbará el empleo, las condiciones de trabajo y el crecimiento salarial. Por el momento, estos problemas han sido esporádicos y han tenido pocas repercusiones regionales o mundiales. Sin embargo, si las tensiones financieras acaban afectando a un mayor número de países de importancia sistémica, no es descartable que estalle una nueva crisis financiera mundial.


La inversión se mantuvo resiliente…

Las tasas mundiales de inversión se han recuperado considerablemente desde el mínimo histórico alcanzado durante la crisis financiera mundial y han seguido al alza durante la pandemia. La subida de los costos de financiación y el aumento de la incertidumbre no han impedido la reanudación de una intensa actividad inversora, especialmente en los países europeos. Tras la abrupta evolución del mercado de productos básicos que ha acelerado las inversiones en los países de África Subsahariana, cabe prever que las tasas de inversión se mantengan en uno de los niveles más altos de esa subregión en más de tres decenios.


Los países de Asia Oriental y Sudoriental han registrado, en cambio, una moderada desaceleración de las inversiones, aunque su punto de partida era muy elevado. En conjunto, se espera una disminución temporal de las inversiones, si bien las tasas de inversión mundial se mantendrán muy por encima de los niveles observados durante la década de 2010.


Pero el crecimiento de la productividad siguió desacelerándose en medio de la creciente presión sobre los precios...

Tras un breve repunte del crecimiento en la etapa de recuperación de la pandemia, la productividad laboral agregada retrocedió rápidamente a los bajos niveles observados durante el decenio anterior. Esta ralentización se produjo a pesar de la aparente aceleración del progreso tecnológico, especialmente en el campo de las tecnologías digitales.


A este respecto, el aumento de la inversión en muchos países avanzados y en algunos países en desarrollo no parece haber elevado el crecimiento de la productividad, presumiblemente a causa del fuerte crecimiento de la actividad inversora en servicios de baja productividad y en la construcción.

Durante los periodos de lento crecimiento de la productividad, la renta real disponible y los salarios reales suelen ser vulnerables a la volatilidad de los precios. Al ser muy pocas las empresas que han registrado un drástico aumento de sus beneficios, la mayoría de los trabajadores y sus hogares han sufrido una erosión acelerada de la renta real disponible, dada la imposibilidad de solicitar mayores subidas de ingresos laborales. Además, habida cuenta de la heterogeneidad sectorial de los ingresos, se ha agravado la desigualdad de ingresos dentro de un mismo país.


Los responsables de las políticas macroeconómicas pueden felicitarse de no haber entrado en una espiral de precios y salarios. Sin embargo, en un entorno de crecimiento indeciso que se suma a la pérdida de ingresos registrada durante la pandemia, la devaluación de la renta real disponible es un mal presagio para la demanda agregada y no augura una recuperación económica más sostenida.


Es más, cuando decae la demanda, el crecimiento de la productividad se resiente, ya que las empresas no generan bastantes ingresos para invertir en los últimos avances tecnológicos y adaptarse a ellos.

El frágil crecimiento de la productividad, unido al descenso del promedio de horas trabajadas, agudizó los desequilibrios laborales…

La escasez de mano de obra y de profesionales calificados ha seguido siendo un problema prioritario para los responsables políticos, al menos en las economías avanzadas y en algunas economías emergentes. Pese a la rápida recuperación de las tasas agregadas de actividad, los sectores con trabajadores esenciales han manifestado su dificultad para atraer a personas que asuman la creciente demanda de trabajos de cuidados, transporte y comercio al por menor.


También ha sido persistente la escasez de trabajadores en otros sectores, como la industria manufacturera, la construcción y las TIC. Parte de este problema tiene que ver con las malas condiciones de trabajo de esos sectores, en los cuales la ralentización del crecimiento de la productividad dificulta que los empleadores ofrezcan salarios más elevados.

Además, la reestructuración sectorial de la demanda y la política fiscal favorable han generado, en sectores específicos, un importante exceso de puestos vacantes difíciles de cubrir. La escasa movilidad geográfica, motivada por la falta de viviendas asequibles para los trabajadores, agravó a menudo ese desajuste sectorial. Aunque estas carencias parecen haber remitido con el endurecimiento de las políticas macroeconómicas, persisten los desequilibrios del mercado laboral.


La recuperación de las tasas de actividad hasta los niveles prepandémicos ha sido dispar y no ha beneficiado por igual a todos los segmentos del mercado de trabajo. Las tasas de actividad femenina se han recuperado más rápido de lo previsto, pero la brecha de género en la participación laboral sigue siendo grande, sobre todo en los países emergentes y en desarrollo. Lo más preocupante es la situación de los jóvenes. A pesar de que la tasa de actividad juvenil se ha recuperado por encima de la tendencia, sigue habiendo una elevada proporción de jóvenes que, tras haber abandonado el mercado laboral, no cursan ningún tipo de formación y tropiezan con importantes obstáculos para volver a trabajar.

La tasa de personas que ni trabajan, ni estudian, ni reciben formación (ninis) sigue siendo elevada en todos grupos de países por nivel de ingresos y, en particular, en el caso de las mujeres jóvenes. Esta situación es un impedimento importante para la integración laboral a largo plazo.

Las personas que han vuelto al mercado laboral no suelen trabajar el mismo número de horas que antes de la pandemia. En todos los grupos de países por nivel de ingresos, el total de horas trabajadas ha aumentado más que su promedio, al haberse agudizado la escasez de mano de obra en algunos sectores (intensivos en contacto interpersonal). Esto se debe, en parte, a problemas de salud de larga duración que se han intensificado en los tres últimos años. El número de días de licencia por enfermedad ha aumentado significativamente con respecto a los niveles anteriores a la pandemia, lo que indica la persistencia de efectos relacionados con la COVID-19 en la salud humana.


Las medidas de política destinadas a sostener la permanencia de los trabajadores en sus puestos, con independencia del número de horas trabajadas, remiten lentamente y han impedido una recuperación más rápida del promedio de horas. Por último, el aumento de la incidencia del empleo a tiempo parcial contribuye a reducir a más largo plazo el promedio de horas trabajadas, ya que los empleados a tiempo parcial suelen tener dificultades para volver a un puesto a tiempo completo.


Además, la reestructuración sectorial de la demanda y la política fiscal favorable han generado, en sectores específicos, un importante exceso de puestos vacantes difíciles de cubrir. La escasa movilidad geográfica, motivada por la falta de viviendas asequibles para los trabajadores, agravó a menudo ese desajuste sectorial. Aunque estas carencias parecen haber remitido con el endurecimiento de las políticas macroeconómicas, persisten los desequilibrios del mercado laboral.


A medida que la economía siga desacelerándose, parte del déficit de mano de obra será absorbido por las empresas, que anunciarán menos vacantes. No obstante, como el crecimiento de la productividad sigue siendo débil, es probable que persista la escasez de trabajadores.


En los países en proceso de envejecimiento demográfico, los empleadores tendrán cada vez más dificultades para cubrir sus vacantes a pesar de la ralentización del crecimiento. Los trabajadores de edad avanzada prefieren no cambiar de empleo; por lo tanto, en una población envejecida habrá menos personas dispuestas a dejar su puesto para probar suerte en otro.

Disminuirá así el número de candidatos a las vacantes. Con la mejora de las condiciones de trabajo y el aumento de la productividad se podrían corregir algunos de estos desequilibrios del mercado laboral, al igual que mediante una distribución más equitativa de las oportunidades de empleo entre los países que presentan un grave exceso de mano de obra.


Y es indicio de problemas estructurales que afectan a la adecuación del mercado laboral.


A medida que se han ido absorbiendo paulatinamente los factores cíclicos, ciertos problemas estructurales relacionados con la adecuación del mercado de trabajo se han vuelto más acuciantes.


Los planes de mantenimiento del empleo - como los implantados en muchas economías avanzadas - resultaron esenciales para evitar que las empresas y los trabajadores perdieran experiencia y competencias valiosas. Por el lado negativo, redujeron la probabilidad de que los trabajadores se acogieran a nuevas oportunidades de empleo tras el inicio de la recuperación. Además, en las economías avanzadas y algunas emergentes, las tendencias a largo plazo de la productividad y el envejecimiento demográfico han ralentizado los ajustes necesarios para absorber los desequilibrios del mercado laboral inducidos por la pandemia.


Una mano de obra que, en promedio, está más envejecida y es menos móvil —en parte debido a los problemas del mercado de la vivienda— será más reacia a aprovechar oportunidades de trabajo alternativas.

Es posible que estas oportunidades no existan, como consecuencia de la ralentización general del crecimiento de la productividad, en cuyo caso se reducirán las vías de transición hacia empleos mejor remunerados. Por último, a pesar de las modestas mejoras registradas en 2023, las tasas de actividad de hombres y mujeres disminuirán en 2024 y 2025 en la mayoría de los grupos de países por nivel de ingresos, siguiendo su tendencia a largo plazo.


La aceleración del progreso tecnológico pone a prueba la resiliencia del mercado laboral.

La aceleración del progreso tecnológico pondrá aún más a prueba la adecuación del mercado del trabajo. En el año 2023 saltaron a la palestra una serie de innovaciones digitales relacionadas con la inteligencia artificial (IA generativa). Este aparente progreso tecnológico no ha mejorado el nivel de vida ni ha impulsado el crecimiento de la productividad, un indicio más de la lentitud de los ajustes del mercado de trabajo. La falta de competencias técnicas y los obstáculos de acceso de nuevas iniciativas de negocio a un mercado dominado por los grandes monopolios digitales han frenado el ritmo de la adopción tecnológica, principalmente en sectores poco productivos y en los países en desarrollo.


En este contexto es previsible que aumenten las desigualdades geográficas, porque un pequeño número de conglomerados empresariales acaparan la mayor parte de las inversiones en el sector digital. Muchos países, incluidos los países en desarrollo, han adoptado políticas dirigidas a fomentar la adopción de la IA. Sin embargo, el actual clima de tensiones geopolíticas eleva los obstáculos a la transferencia tecnológica, truncando las estrategias de progreso de los países en desarrollo hacia una nueva era que les permita beneficiarse de las tecnologías digitales.


Las iniciativas de desarrollo de competencias a gran escala requieren cuantiosos recursos presupuestarios nacionales, pero la pandemia ha mermado las finanzas públicas, incluso en las economías avanzadas. Los países que aspiran a emprender una transformación digital acelerada que beneficie al conjunto de la sociedad habrán de adoptar nuevos planteamientos políticos, con un enfoque más proactivo del desarrollo tecnológico, apoyándose, por ejemplo, en una política de innovación orientada a objetivos y en la movilización de recursos a través de fondos soberanos de inversión.


Se vislumbra un panorama sombrío a medida que la policrisis quebranta la justicia social.

Todo parece indicar que, en un futuro próximo, las perspectivas del mercado de trabajo se deteriorarán, aunque solo moderadamente. Se prevé un leve repunte de las tasas de desempleo mundial durante el periodo pronosticado, debido sobre todo al déficit de puestos de trabajo en las economías avanzadas.


En 2024, a medida que decrezcan las tasas de actividad y se desacelere el crecimiento del empleo, 2 millones más de personas buscarán un puesto de trabajo, lo que elevará la tasa de desempleo mundial al 5,2%, frente al 5,1% registrado en 2023.


El déficit mundial de empleo, aunque ha mejorado, siguió siendo elevado en 2023: se cifró en más de 434 millones de personas con una necesidad insatisfecha de empleo. El proceso de devaluación del salario real y el consiguiente descenso del nivel de vida, causado por las elevadas y persistentes tasas de inflación y el encarecimiento de la vivienda, no se compensará a corto plazo.


El desempleo juvenil sigue impidiendo acelerar los ajustes estructurales y del mercado de trabajo, especialmente en los países con altas tasas de ninis. 

Es imprescindible atajar pronto la brecha abierta en este aspecto por la pandemia, impulsando iniciativas de desarrollo de competencias específicas para evitar una mayor erosión de la resiliencia del empleo.


No es previsible que las tasas de informalidad sigan mejorando; alrededor del 58% de la fuerza de trabajo mundial seguirá ocupada de manera informal en 2024. Del mismo modo, persistirá la pobreza laboral.


Es necesario afrontar rápidamente los grandes desafíos para acelerar el avance hacia la consecución de los objetivos de sostenibilidad de las Naciones Unidas. Sin embargo, el entorno actual de tensiones geopolíticas no facilitará una coordinación internacional rápida y eficaz que permita abordar los grandes retos económicos, ecológicos y sociales.


Los gobiernos deben fortalecer las economías nacionales mediante iniciativas que potencien el crecimiento de la productividad y el nivel de vida. A tal efecto, los gobiernos y los interlocutores sociales podrían recurrir a los instrumentos de cooperación internacional existentes para fomentar las iniciativas regionales de productividad, reforzando, por ejemplo, las alianzas mundiales en materia de competencias.


Aunque los gobiernos han vuelto a tomar las riendas de la economía, los recursos se han agotado, especialmente en los países de ingresos bajos y medianos. En apoyo de las economías más frágiles, se debería fomentar y acelerar la labor actual del G20 destinada a estimular la cooperación internacional para hacer un mejor uso de los fondos multilaterales de desarrollo.




Fuente: Organización Internacional del Trabajo (OIT)


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